Sobre “SALVIFICI DOLORIS”

 



SOBRE

“SALVIFICI DOLORIS”

 

Traducción libre y parcial con interpretaciones personales,

sobre la Carta Apostólica del SUMO PONTÍFICE

 

SAN JUAN PABLO II

San Pedro, 11 de febrero del año 1984

 

(Nota: en el presente trabajo de vez en cuando sustituiré la expresión “HIJO UNIGÉNITO” con “Hijo de Dios”, espero que se comprenda la decisión sin mayor explicación).

 

Un día descubrí que las personas modernas deben negar el sufrimiento,

y en especial a la muerte: fue cuando alguien al tratar de consolarme,

comenzó su frase diciendo “No te pongas triste, tu esposa no murió” …

 

Sufrimiento y muerte que justamente son las claves de la fe y la esperanza.

 

PRÓLOGO

 

Este ensayo se desarrolló entre el asombroso descubrimiento de esta carta apostólica de Su Santidad San Juan Pablo II y mi vuelta cautelosa al cristianismo (Gracias Ratzinger), mejor dicho, mi reacercamiento a Cristo, personaje con el cual siempre sentí una especial atracción, y una profunda admiración, como el revolucionario insuperable.

 

La carta como tal oscila admirablemente entre dos monumentos locomotores a la voluntad y a la energía, que nunca debieron faltar en la desdichada iglesia católica megalómana romana: San Pablo (Pablo de Tarso) y Su Santidad San Juan Pablo II, dos fuerzas de la naturaleza que son los que le imprimieron su carácter magnífico de ser una brújula inmejorable, para estos tiempos de disolución cadavérica en el putridarium vaticano y en todo occidente (el lugar del ocaso), justamente esos donde intento avanzar arrastrando pedazos de mi más que a mí mismo.

 

[porque lo de este servidor no fue su salida de la caverna más profunda del ateísmo, sino la demolición a la cual fue sometido, y en donde sin exagerar, se podría decir que no quedó piedra sobre piedra, cosa que algún día entenderé que era mejor así, mucho mejor]

 

La carta además posee el valor testimonial inconmensurable, de ser un anticipo a los años finales del dolor sin descanso de San Juan Pablo II donde él, siguiendo justamente las tesis de este documento, se entrega en sufrimiento sin atenuantes para ahondar aún más en su deber de comunión con Cristo, y su misión redentora para el mundo.

 

Y ahora me encuentro en el peor lugar posible para intentar encontrar la luz que se supone que encontraría al salir de la caverna agnóstica, pues por estos lados no se asoma ninguna en los hombres, o en lo que queda de los hombres que deambulan por estos parajes, que más que habitantes parecieran obligados a servir al paisaje para que nunca cambie (para mejor), en efecto son la parte móvil-inmóvil de un paisaje que sirve para indicarte que hay vida (en fracciones mínimas, débiles y aburridas), pero es solo un espejismo, un espejismo de sombras, que las interminables ruinas y edificios abandonados o derruidos aportan sin parar.

 

Y a esas sombras siempre sucias, húmedas, oscuras, laberínticas y malolientes las llamo, la verdadera alma de lo que queda de Italia.

 

Lo que hicieron con Italia solo puede definirse correctamente si agregamos a la definición la palabra ensañamiento, incluso la palabra alevosía, yo hasta estaría de acuerdo con demoler, rellenar y volver a enterrar sus monumentos, porque se han vuelto esqueletos insepultos que más bien por inevitable contraste colosal, ridiculizan la mediocridad campante en todo lo que queda de este expais, que estoy seguro  que desde allá arriba, los Dante y los Macchiavelli, ruegan por un acto de piedad que lo borre in sécula seculorum, para convertirse en otra comarca fantasma del Mediterráneo, como Grecia.

 

Solo que en el caso de Grecia territorio (nada de país) que ahora no sabemos a quién pertenece, el proceso de ser saqueada, manoseada y abusada había durado tanto, que se agradece que por lo menos no hayan barrido con la excrecencia esa que dejaron sobre la acrópolis: un resto mortal que dejaron sobre ese enorme dolmen para que los buitres invisibles del tiempo, lo terminara de devorar.

 

Pero Grecia ya era cadáver hace tiempo y lo demuestra su transformación en circuito de “entretenimiento cultural” para el “occidental del mundo libre”, especialmente para aquellos que se sienten “ciudadanos del mundo” (pobres diablos), que ahora pueden viajar supuestamente para conocer, contactar y educarse con la gente del lugar, solo que nadie avisa que esa gente desde hace años son espectros desvaídos de los antiguos habitantes, ya no son seres reales.

 

El caso de Italia como era de esperarse es tan grotesco como los experimentos de sus famosos y numerosos momificadores que por razones desconocidas los ha habido en abundancia, hasta tiempos crecientes, porque en el caso de Italia usted no se encuentra una carcasa ya limpiada por los buitres eternos de Albión y debidamente depositados sus restos en el British Museum.

 

En el caso de Italia es como si Ud. estuviese todo el tiempo viendo las fotos de Pier Paolo Pasolini después de haber sido amasado en carne y sangre por el coche rodillo de su verdugo, que lo dejo así para que la náusea por el país quedara grabada para siempre.

 

De todos modos este escrito debe clasificarse como uno de celebración, porque en mi vuelta al credo, no terminaba de encontrarme hasta que me di cuenta que lo que debía buscar eran mis pedazos espirituales, los caídos desde la dimensión vertical, para volverlos a poner de pie en algo que pueda llamarse “hombre”, pero como las afueras de la caverna italiana son más oscuras que su interior, faltaba algún tipo de iluminación inspiradora, de luz fuerte, vigorosa, la que aún regala su cielo espléndido antes que lo arruinen, las estelas del progreso, las “nubes-rayo” que cierta apocalíptica oriental o amerindia, ya había anticipado como signo de los tiempos finales, hace siglos.

 

Y el primero en darme esta clase de luz, y en forma generosa hasta casi hasta encandilarme y todavía lo hace (sin quererlo), es Don Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI. Cualquier año de vida más allá de 2014, de 2018, o de 2023 se lo debo a él y a su prédica fundamental de que fe y razón son lo contrario de ciertos explosivos químicos muy peligrosos: es mejor no separarlos nunca.

 

Y además no me debo quejar, porque el tiempo se acaba, después de nueve años perdidos en creer que los demonios que te arruinaron la vida desde niño los puedes cambiar con actos afectuosos y generosos, a mis 59 años he despertado justo a tiempo para comenzar a ver los primeros actos de un drama histórico, que cerrará con lo que llamo el gran ciclo histórico de la mortandad, donde en todos estos siglos, la historia lo que más ha aportado son cadáveres, solo ha sido generosa en eso, y a los verdaderos protagonistas, los millones de inocentes que muchas veces murieron sin saber nada, nadie los cuenta, los honra, los enaltece, solo los usan como piezas de espectáculo en alguna operación política borrosa contra alguno de los payasos, que en este largo ciclo nunca dejaron de producirse a escala monumental, para dirigir lo que algunos llaman “la historia”: la matanza, la masacre, la carnicería, el océano de sangre joven de la ofrenda ritual que se le ha hecho sin parar, al vencedor indiscutible hasta ahora: lucifer.

 

El sentido salvífico del sufrimiento.

 

“Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros”. La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo, es de Pablo de Tarso, que escribe estas palabras, y es a la vez válido para los demás.

Colosenses 1, 24-28

 

El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar —como le ayudó a él mismo— a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento.

 

La palabra «sufrimiento» parece ser particularmente esencial en la naturaleza del hombre, es tan profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera, la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera y la extiende.

 

El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido «destinado» a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo.

 

Se puede decir que el hombre se convierte de modo particular en camino de la Iglesia, cuando en su vida entra el sufrimiento.

 

La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular en el camino de su sufrimiento.

 

Aunque en su dimensión subjetiva, como hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre, el sufrimiento parece casi inefable e intransferible, quizá al mismo tiempo ninguna otra cuestión exige —en su «realidad objetiva»— ser tratada, meditada, concebida en la forma de un problema explícito que exige que en torno a él, se hagan preguntas de fondo y se intente encontrar las respuestas.

 

El terreno del sufrimiento humano es tan vasto, variado y pluridimensional, que ridiculiza cualquier abordaje donde se apliquen el mero ejercicio de la razón y la ciencia.

 

Una mínima idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Aunque se puedan usar como sinónimos, las palabras «sufrimiento» y «dolor», no lo son, el sufrimiento físico es material y se localiza en lugar preciso, en cambio el sufrimiento moral es el «dolor del alma», es un dolor de tipo espiritual, y posee una dimensión «psíquica» que le proporciona una extensión y una multiformidad que lo hace incomparable con su versión física, y muchas veces lo coloca fuera del alcance de cualquier terapéutica humana.

 

La Sagrada Escritura es un gran libro-recopilación sobre el sufrimiento humano a través de las épocas, a modo de muestra, he aquí una lista de las situaciones que llevan el signo del sufrimiento, ante todo del sufrimiento moral:

 

·       El peligro de muerte

·       La muerte de los propios hijos, especialmente la muerte del hijo primogénito y único

·       La falta de prole

·       La nostalgia de la patria

·       La persecución y hostilidad del ambiente

·       El escarnio y la burla hacia quien sufre

·       La soledad y el abandono

·       El remordimiento de conciencia

·       La dificultad en comprender por qué los malos prosperan y los justos sufren

·       La infidelidad e ingratitud por parte de amigos, vecinos y familiares (en realidad por gran parte de nuestro entorno diario)

·       Las desventuras de la propia nación.

·       Que nuestro tiempo de vida muchas veces deba dedicarse a un modo de trabajo, que solo puede definirse como esclavitud

 

Se puede decir que el hombre sufre, cuando experimenta cualquier mal. En el vocabulario del Antiguo Testamento, la relación entre sufrimiento y mal se relacionan en una identidad. Aquel vocabulario, en efecto, no poseía una palabra específica para indicar el «sufrimiento»: por ello se definía como «mal», todo aquello que era sufrimiento.

 

Solamente con la lengua griega y con ella el Nuevo Testamento (y las versiones griegas del Antiguo) se sirven del verbo «πάσχω = “estoy afectado por”, “experimento una sensación”, “sufro” [1], y gracias a esto el sufrimiento ya no es directamente relacionable con el mal (objetivamente), sino que expresa una situación en la que el hombre prueba el mal, y al probarlo se hace sujeto de sufrimiento.

 

[1]: ser afectado o haber sido afectado, sentir, tener una experiencia sensible, sufrir. Sufrir tristemente, estar en mala situación.

 

Dentro de lo que constituye la forma psicológica del sufrimiento, se halla siempre una “experiencia del mal”, a causa de la cual el hombre sufre.

 

Así pues, la realidad del sufrimiento siempre pone una pregunta sobre la esencia del mal: ¿qué es el mal?

 

Esta pregunta parece inseparable, del tema del sufrimiento. Pero la respuesta cristiana a esta pregunta es distinta de la que dan algunas tradiciones culturales y religiosas (o gnósticas), que creen que “la existencia” como tal, es un mal en sí del cual hay que liberarse.

 

El cristianismo en cambio proclama la existencia como un bien en esencia, el “bien de la existencia” y el “bien de lo que existe”, y así proclama la completa bondad del Creador y toda su obra, incluyendo todas las criaturas que son su creación.

 

Por lo tanto el hombre sufre a causa del mal, porque este surge de una cierta falta, limitación o carencia del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien en donde él no participa, o del cual ha sido excluido en cierto modo, o porque él mismo se ha causado esa privación.

 

Así pues, en el concepto cristiano, la realidad del sufrimiento siempre se explica por medio de un mal que de una forma u otra impide el bien, interfiere con él, o lo altera, lo descompone.

 

El sufrimiento humano constituye en sí mismo casi un «mundo» específico, el cual existe en estado de permanente dispersión, el sufrimiento afecta a todos y los diferentes males poseen hasta cierta compatibilidad propia, de hecho, Los hombres que sufren se vuelven semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino, o mediante la necesidad de comprensión y atenciones.

 

Por ello, aunque el mundo del sufrimiento “existe en la dispersión”, tanto es así que es algo común cruzarse con él, al mismo tiempo representa un difícil desafío a la comunión y a la solidaridad.

 

Pero en nuestra época ha aparecido una especie de sufrimiento universal, porque el mundo del sufrimiento, que en definitiva tiene su sujeto en cada hombre, se ha transformado en nuestra época —quizá más que en cualquier otro momento— en un particular «sufrimiento del mundo» el cual deriva de los peligros crecientes que el progreso pone a disposición del hombre, y de sus errores y culpas.

 

Y no olvidemos que nuestra civilización a menudo se siente orgullosa de estar basada en el trabajo, pero un trabajo que en la inmensa y casi total mayoría de los casos, es esclavitud, y sin importar que a cambio de la prestación se percibe algún beneficio material, se trata de un completo desperdicio del ser humano para beneficio de una ínfima mayoría.

 

El hombre a diferencia de los animales, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta ¿por qué sufre? y sufre de manera aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria.

 

Esta es una pregunta difícil: ¿por qué sufrimos? como lo es otra, muy afín, que se refiere al mal: ¿Por qué el mal?

 

¿Por qué el mal en el mundo? Cuando nos hacemos esta pregunta, también nos hacemos siempre, una pregunta sobre el sufrimiento.

 

Y es bien sabido que, en la línea de esta pregunta, sólo se llega a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, e incluso que se puede llegar a la negación misma de Dios.

 

En efecto, si la existencia del mundo atrae la visión del alma humana hacia la existencia de Dios, su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen alejarnos de ella, y lo hacen a veces de modo creciente y hasta radical, cuanto más grande se vuelve el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena.

 

Esta circunstancia indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento, y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma, como las posibles respuestas a dar.

 

Y hablando de precisar, he aquí una historial ideal, “fácil de precisar” proveniente de la antigüedad: Es conocida la historia de este hombre justo, Job, que, sin ninguna culpa propia, es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y finalmente él mismo padece una grave enfermedad.

 

En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales —cada uno con palabras distintas— tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave.

 

En efecto, el sufrimiento —dicen— se abate siempre sobre el hombre como pena por el delito; es mandado por Dios que es absolutamente justo y encuentra su propia motivación en la justicia.

 

El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado y, por lo tanto, sólo en el campo de la justicia de Dios, que paga bien con bien, y mal con mal.

 

¡Este es el sentido! si se quiere instintivo que todos atribuimos a la justicia divina, paga el bien con el bien y el mal con el mal. Un sentido moral del sufrimiento que es tan impecable como elemental, incluso hasta el punto de la reducción de la religión a una práctica mágica: me porto bien para que me premies, no me porto mal para que no me castigues.

 

Pero la característica principal de este sentido elemental es su total inexistencia en la realidad de la vida cotidiana, donde el “sufrimiento justo (merecido)” es una rareza, tan en grado superlativo, que tratar de descubrirlo ha sido un fracaso perfecto. No creo que exista ya, al menos a estas alturas del siglo XXI.

 

El punto de referencia en este caso es la doctrina expresada en otros libros del Antiguo Testamento, que nos muestran el sufrimiento como pena infligida por Dios a causa del pecado de los hombres. El Dios de la Revelación es Legislador y Juez en una medida tal que ninguna autoridad temporal puede hacerlo. El Dios de la Revelación, en efecto, es ante todo el Creador, de quien, junto con la existencia, proviene el bien esencial de la creación.

 

Por tanto, también la violación consciente y libre de este bien por parte del hombre es no sólo una transgresión de la ley, sino, a la vez, una ofensa al Creador, que es el Primer Legislador. Tal transgresión tiene carácter de pecado, según el sentido exacto, es decir, según el sentido bíblico y teológico de esta palabra. Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador.

 

De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo, en la Revelación: o sea que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal: «(Señor) eres justo en cuanto has hecho con nosotros, y todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios. Y has juzgado con justicia en todos tus juicios, en todo lo que has traído sobre nosotros ... con juicio justo has traído todos estos males a causa de nuestros pecados»

Daniel 3, 27-28

 

En la opinión manifestada por los amigos de Job, se expresa una convicción que se encuentra también en la conciencia moral de la humanidad: el orden moral objetivo requiere una pena según la transgresión, el pecado y el delito.

 

El sufrimiento aparece, desde este punto de vista, como un «mal justificado». La convicción de quienes explican el sufrimiento como el castigo del pecado, expresan la convicción de un orden en la justicia, y corresponde con la opinión expresada por uno de los amigos de Job: «Por lo que siempre vi, los que aran la iniquidad y siembran la desventura, la cosechan»

Job 4, 8.

 

El sufrimiento de Job ¿el misterio del sufrimiento inocente?

 

Job, sin embargo, contesta la verdad del principio que identifica el sufrimiento con el castigo del pecado y lo hace en base a su propia experiencia. En efecto, él es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia.

 

Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento.

 

La Revelación, palabra de Dios mismo, pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, sin embargo, fue sometido a una prueba durísima.

 

En la introducción del libro aparece que Dios permitió esta prueba por provocación de Satanás. Este, en efecto, puso en duda ante el Señor la justicia de Job: —¿Y acaso Job te honra sin esperar nada a cambio? ¿Acaso no están bajo tu protección, él y su familia y todas sus posesiones? De tal modo has bendecido la obra de sus manos que sus rebaños y ganados llenan toda la tierra. Pero extiende la mano y daña (o quítale) lo que posee, ¡a ver si no te maldice en tu propia cara!

Job 1, 9-11.

 

Si el Señor consintió en probar a Job con el sufrimiento, lo hizo para demostrar su justicia. El sufrimiento tenía carácter de prueba.

 

El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre este tema. Pero argumenta lo suficiente para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento, no se encuentre necesariamente unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia.

 

Por eso se presenta no sólo como insatisfactoria en casos semejantes al del sufrimiento del justo Job, sino que más bien parece rebajar y envilecer al mismo concepto de justicia, que encontramos en la Revelación.

 

El libro de Job propone de modo perspicaz el «por qué» del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da una solución al problema.

 

Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto, según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento. Así pues, en los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido, está presente una invitación de su misericordia, para llevar a la conversión: «Los castigos no vienen para la destrucción sino para la corrección de nuestro pueblo»

2 Macabeos 6, 12-16

 

12 Recomiendo a los que lean este libro que no se desconcierten por causa de estas desgracias, sino que consideren que aquellos castigos eran para educar a nuestro pueblo y no para destruirlo.

13 Pues es señal de gran bondad de Dios no condescender con los pecadores, sino castigarlos pronto.

14 Tratándose de otros pueblos, el Señor aguarda con paciencia a que colmen la medida de sus pecados, antes de propinar el castigo, pero a nosotros

15 nos castiga sin perder tiempo antes de que lleguemos al extremo de los nuestros.

16 Por eso nunca aparta su misericordia de nosotros, y no abandona a su pueblo, incluso cuando nos castiga mediante la adversidad.

 

Sufrimiento para la conversión

 

Así se afirma la dimensión personal de la pena. Pues el sentido de la pena tiene sentido no sólo para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino que crea la posibilidad de reconstruir el bien, en el mismo sujeto que sufre, en otras palabras, crea la posibilidad de la conversión.

 

Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, y al mismo tiempo reconocer la misericordia divina en la llamada a la penitencia.

 

En este sentido se podría contemplar al sufrimiento desde un punto de vista iniciático, donde en vez de la “muerte del yo” por la que debe pasar todo aspirante a la iniciación, en este caso es el sufrimiento el que prepara al aspirante para su iniciación cristiana, donde el recorrido es siempre para acercarnos a Cristo, sintiendo la potencia de su amor precisamente mediante el dolor al cual se entregó, de hecho:

 

De esta forma la penitencia, como sufrimiento, puede superar al mal, al superar su condición de mal puramente productor de sufrimiento, para convertirse en un factor indispensable de iniciación a la conversión, más allá de la justa corrección que aplica.

 

Pero para poder percibir la verdadera respuesta al «por qué» del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente.

 

El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre

un misterio. (somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones).

 

Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el «por qué» del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.

 

Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que aceptar la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe.

 

El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento.

 

JESUCRISTO:

EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR

 

“Porque de tal manera ama Dios al mundo, que ha dado al HIJO DE DIOS, para que todo aquel que crea en él, no se pierda, y encuentre la vida eterna”.

Juan 3,16

 

Estas palabras, pronunciadas por Cristo en el coloquio con Nicodemo, nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soteriología cristiana, es decir, de la teología de la salvación.

 

Salvación significa liberación del mal (y en este caso que vamos a tratar, del mal entendido como “muerte”), y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento.

 

Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento (del sufrimiento eterno).

 

Contemporáneamente, la misma palabra «da» indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo de Dios mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese HIJO DE DIOS como del Padre, que por eso «da» a su Hijo.

 

¡Este es el amor del Padre y el Hijo hacia el hombre, la creación a su imagen y semejanza, y por lo tanto creación predilecta!

 

Nos encontramos aquí ante una dimensión completamente diversa de la que encerraba la búsqueda del significado del sufrimiento, dentro de los límites de la mera justicia.

 

Donde Dios da a su HIJO, para que el hombre «no muera» y el significado del «no muera» está precisado claramente en las palabras que siguen: «sino que tenga la vida eterna».

 

(El término temporal ahora es de alcance eterno, Es el mal que ahora se debe entender en su término absoluto como “muerte”, y el sufrimiento en su término absoluto de “sufrimiento eterno” verbigracia “infierno”).

 

Esto le proporciona a la misión de Cristo el reto de la conversión de la mortalidad en inmortalidad, a seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren en la pobreza, en la opresión y en la más completa falta de libertad con respecto a sus destinos.

 

En otras palabras, seres que viven en sufrimiento, y casi nunca logran evadirlo, seres que sufren por la justicia cuando se trata de algo inexistente en sus vidas y que se usa más bien en contra de ellos.

 

No creo que cueste mucho entender que nos referimos a seres sufridos, cansados de sufrir, modelados por el sufrir, marcados por eso y que no ven salida alguna más allá de la que proporciona el mal, como entrega remunerada al opresor o como entrega final a la muerte.

 

El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es solamente la superación del sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino la del sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazado por Dios, y la condena consiguiente (que lleva al infierno sin fin).

 

El Hijo de Dios ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo (muerte) y del sufrimiento definitivo (infierno).

 

En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces trascendentales, en las que éste se desarrolla en la historia. Estas raíces trascendentales del mal están fijadas al pecado y a la muerte: aliadas en efecto, de la pérdida de la vida eterna.

 

En resumidas cuentas, la misión del Hijo de Dios consiste en vencer al pecado y a la muerte. Al pecado con obediencia hasta la muerte, y a la muerte con su resurrección.

 

Cuando se dice que Cristo con su misión toca el mal en sus mismas raíces, nosotros pensamos no sólo en el mal y el sufrimiento definitivos, escatológicos, (para que el hombre «no muera, sino que tenga la vida eterna»), sino también —al menos indirectamente— en el mal y el sufrimiento en su dimensión temporal e histórica.

 

El mal, en efecto, está vinculado al pecado y a la muerte. Y aunque se debe juzgar con gran cautela el sufrimiento del hombre como consecuencia de pecados concretos (esto indica precisamente el caso del justo Job), sin embargo, éste no puede separarse del pecado original, de lo que en San Juan llama «el pecado del mundo» [29], del trasfondo pecaminoso de las acciones personales, y de los procesos sociales en la historia del hombre.

Juan 1, 29

 

Con su obra salvífica el Hijo de Dios libera al hombre del pecado y de la muerte. Ante todo, Él borra de la historia del hombre el dominio del pecado, que se ha radicado bajo la influencia del espíritu maligno, partiendo del pecado original, y da luego al hombre la posibilidad de vivir en la gracia santificante.

 

Y en línea con la victoria sobre el pecado, Él quita también el dominio de la muerte, abriendo con su resurrección el camino a la futura resurrección de los cuerpos. Una y otra son condiciones esenciales de la «vida eterna», es decir, de la felicidad definitiva del hombre en unión con Dios; esto quiere decir, para los salvados, que en la perspectiva escatológica el sufrimiento es totalmente cancelado.


En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano.

 

(bueno, prácticamente vivió sumergido en él).

 

«Pasó haciendo bien», y este obrar suyo se dirigía, ante todo: a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos.

Hechos 10, 38.

Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal…

Mateo 5, 3-11

 

Las Bienaventuranzas

 

Las bienaventuranzas son como el “profiling” o la perfilación que Cristo hace de un verdadero cristiano: 

1.       «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos”


"El pobre es el que más que nadie abre su corazón a Dios. Tras el exilio babilónico, el pueblo de Israel se encontró pobre, y es en esta pobreza donde "Israel se reconoció cercano a Dios...".

Benedicto XVI

 

“Presentémonos ante Dios con los pies descalzos y las manos vacías [...] no con manos que aferran y retienen, sino con manos que se abren y dan...".

Benedicto XVI

 

"Un pobre de espíritu" es exactamente lo contrario de una persona llena de sí misma, que en la vida acaba admirándose sólo a sí misma y a sus dotes, tanto intelectuales como materiales.

 

"Una persona llena de espíritu ha dejado de escuchar a su prójimo aunque le hable al oído, porque las palabras del prójimo para llamar su atención, solo las puede escuchar el corazón"

 

"Un lleno de espíritu no mira hacia abajo, porque se considera "elevado" por su vida generosa a un nivel superior, donde cada vez hay menos gente, y por lo tanto su atención se concentra solo en sus pocos rivales ".

 

2.      “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

3.      “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra”.

4.      “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

5.      “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia”.

6.      “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

7.      “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

8.     “Bienaventurados los perseguidos por causa (por el poder) de la justicia, porque de ellos será el Reino de los Cielos.

Mateo 5, 3-10

Lucas 6, 22-25

 

“Bienaventurados seréis cuando los insulten, persigan, calumnien, y digan toda clase de mentiras contra ustedes, por mi causa. Siéntase honrados pues así fue como persiguieron a los profetas, y siéntanse alegres porque la recompensa para ustedes en el cielo será grande”

Mateo 5, 11-12

 

Lucas también menciona explícitamente a los que padecen hambre.

Lucas 6, 1-4

 

“Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo”.

“¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque os lamentaréis y lloraréis”

Lucas 6, 24-25

 

De todos modos Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido ese sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión incluso por parte de los más cercanos. Pero sobre todo lo rodearon cada vez más con un círculo de hostilidad donde se volvieron cada vez más palpables, las intenciones para sacarlo de entre los vivos.

 

Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaban:

 

“Subiremos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la Ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Pero al tercer día resucitará”.

Marcos 10, 33-34

 

Cristo se dirige hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible «que el hombre no muera, y reciba la vida eterna».

 

Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la

obra de la salvación reconectando cielo y tierra. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor (libertador).

 

Por eso Cristo reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle desistir de los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre morir en la cruz y cuando el mismo Pedro, durante la captura en Getsemaní, intenta defenderlo con la espada, Cristo le dice: "Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero entonces, se cumplirían las Escrituras de que así conviene que sea?"

Mateo 26, 52-54.

 

Jesucristo en Lucas 22 (Lc 22, 42)., a pesar de su momento de duda, que no es de duda sino de resignación apenas fraguada, le expresa a su Padre: "¡Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz! Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Jesucristo nunca muestra el menor signo de vacilación y muestra convicción profunda y firme en lo que deberá hacer.

 

De hecho, «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» [38]. Y esta respuesta -como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio- muestra a un Cristo profundamente comprometido y decidido en su misión, lo que no impedía desde luego su sufrimiento y otra gama de sentimientos, incluyendo el miedo, como es natural en un hombre, que habrá de pasar por agresiones espantosas, insoportables e interminables para concluir en una muerte, que no deberá ser lenta sino plena de dolor y agonía.

[38] Juan 18, 11

 

Por lo tanto la sensibilidad de Dios hacia cualquier tipo de sufrimiento debe ser máxima, a pesar de que nuestros padecimientos, en modo alguno puedan compararse, porque la proximidad aquí no puede ser cualitativa, porque Cristo aunque hijo de Dios es también hijo de María y uno de nosotros, alguien que nació descalzo pisando la tierra y se compenetró en cada hombre no por curiosidad, ni siquiera por generosidad sino por puro amor de hermano, en un ejercicio de empatía y misericordia que más de una vez lo debe haber conmovido, por la precariedad extrema que en suerte les había tocado como casa y zona para vivir, a sus seguidores.

 

Encontramos aquí la dualidad de naturaleza de un único sujeto personal del sufrimiento redentor. Aquél que con su pasión y muerte en la cruz realiza la Redención.

 

Y al mismo tiempo este Hijo de la misma naturaleza que el Padre, sufre como hombre. Su sufrimiento tiene dimensiones humanas, tiene también una profundidad e intensidad —únicas en la historia de la humanidad— que, aun siendo humanas, pueden tener también una incomparable profundidad e intensidad de sufrimiento, en cuanto que el Hombre que sufre es en persona el mismo Hijo unigénito: «Dios de Dios».

 

Por lo tanto, solamente Él —el Hijo unigénito— es capaz de abarcar la medida del mal contenida en el pecado del hombre: en cada pecado y en el pecado «total», según las dimensiones de la existencia histórica de la humanidad sobre la tierra.

 

Puede afirmarse que las consideraciones anteriores nos llevan ya directamente a Getsemaní y al Gólgota, donde se cumplió el Poema del Siervo doliente, contenido en el Libro de Isaías.

 

Antes de llegar allí, leamos los versículos sucesivos del Poema, que dan una anticipación profética de la pasión del Getsemaní y del Gólgota. El Siervo doliente —y esto a su vez es esencial para un análisis de la pasión de Cristo— pues el siervo se carga con aquellos sufrimientos, de los que se ha hablado, de un modo completamente voluntario:

 

«Maltratado, más él se sometió,

no abrió la boca,

como cordero llevado al matadero,

como oveja muda ante los trasquiladores.

Fue arrebatado por un juicio inicuo,

sin que nadie defendiera su causa,

y fue arrancado de la tierra de los vivientes

y herido de muerte por el crimen de su pueblo.

Dispuesta estaba entre los impíos su sepultura,

y fue en la muerte igualado a los malhechores,

a pesar de no haber cometido maldad

ni haber mentira en su boca».

Isaías 53, 7-9

 

“La Doctrina de la Cruz”

 

Esta «doctrina de la Cruz» llena con una realidad definitiva la imagen de la antigua profecía.

 

Muchos lugares, muchos discursos durante la predicación pública de Cristo atestiguan cómo el acepta desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo.

 

Sin embargo, la oración en Getsemaní tiene aquí una importancia decisiva. Las palabras: "¡Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz! Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Mateo 26, 39

 

Y a continuación:

 “y de nuevo alejándose, oro por segunda vez diciendo: Padre mío, si este cáliz no puede pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.

Mateo 26, 42

 

Estos episodios tienen una pluriforme elocuencia. Prueban la verdad de aquel amor, que el Hijo unigénito da al Padre con su obediencia. Al mismo tiempo, demuestran la autenticidad de su sufrimiento y su angustia ante lo ineludible de su sacrificio.

 

Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad —única en la historia del mundo— del mal del sufrimiento que se padece.

 

Cuando Cristo dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y concretamente en el Salmo 22, del que proceden las palabras citadas.

También en Mateo 27, 46

 

 Si bien el texto es de abandono y por lo tanto de sufrimiento profundo, contiene en grado oculto una alabanza, porque el hijo sabe que la luz regresará durante la celebración de la Pascua.

 

Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre «cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros» [48] y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» [49]. Junto con este horrible peso, midiendo «todo» el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento el realiza la Redención, y al expirar llego a decir «Todo está acabado, antes de inclinar la cabeza y entregar su espíritu”. [50].

[48] Isaías 53, 6.

[49] 2 Corintios 5, 21

[50] Juan 19, 30

 

Aunque San Juan Pablo II afirme de “manera humanamente inexplicable”, no es descartable que la frase ¿por qué me has abandonado? Sea un reclamo justo ante la profundidad y soledad total del momento de la muerte, que deberá enfrentar en cuestión de horas, momento que podría plantear una transición donde la incertidumbre es total, y además la condición de la inédita no se la quita nadie, y aquí no comparemos resurrecciones de camino “a lo lázaro” hechas por Jesucristo de vez en cuando, con una donde lucifer y todas sus legiones están presentes, y desean exactamente que suceda lo contrario. Desde luego esto que planteo no puede dejar de ser una especulación descarada, pero es una sobre los poderes sobrenaturales máximos que existen en el universo, sobre los cuales no poseemos precisamente una montaña de conocimientos, ni siquiera históricos, ni filosóficos, ni teológicos.

 

Puede afirmarse que junto con la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación.

 

En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo —sin culpa alguna propia— cargó sobre sí «el mal total del pecado».

 

La experiencia de este mal determinó la medida incomparable de sufrimiento de Cristo que se convirtió en el precio de la redención. De esto habla el Poema del Siervo doliente en Isaías. De esto hablarán a su tiempo los testigos de la Nueva Alianza, estipulada en la Sangre de Cristo. He aquí las palabras del apóstol Pedro, en su primera carta: «Habéis sido rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha».

1 Pedro 1, 18-19

 

Todo hombre tiene su participación en la redención

 

Con éstas y con palabras semejantes los testigos de la Nueva Alianza hablan de la grandeza de la redención, que se lleva a cabo mediante el sufrimiento de Cristo. El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de iniciación a la redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo.


Resumiendo:


·       Todo hombre tiene su participación en la redención.

·       Cada uno está llamado a participar en ese sufrimiento.

·       Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención.

·       Todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo (acercarse a su humanidad, su parte humana).

 

Estas 4 frases, sin duda laguna las más trascendentes de la carta, sin embargo, nunca han generado el revuelo que han debido crear, sobre todo si tomamos en cuenta que todas son de naturaleza escatológica y por lo tanto señalan un rumbo a seguir para los católicos, en los tiempos bipartitos de revelación que fueron debidamente anunciados por la renuncia de Benedicto XVI, pero que comenzaron a eclosionar con el “Pearl Harbor II” del 11 de Septiembre de 2001, la crisis financiera de 2007-2008, la pandemia COVID del 2020 en adelante, la guerra en Ucrania de 2022, los estallidos de los gasoductos Nord Stream del 26 de Septiembre de 2022 y la masacre despiadada en Gaza por parte de EEUU e Israel en 2023, eventos que de paso certifican la entrada irreversible en estado de hybris y una clara tendencia hacia la aceleración.

 

Las únicas posibilidades que tenemos de sobrevivir a los acontecimientos apocalípticos de los tiempos finales consisten en nuestra total claridad de conocimiento y conciencia a la hora de alinearlos a las filas del bien, sin importar si estas constituyen ejércitos de millones, o solo pequeños grupos aislados en algún rincón apartado (lo más probable) …

 

Y aunque no podemos saber cómo ni donde se desarrollará la confrontación final, es nuestro deber comenzar a preparar nuestras almas, y sobre todo comenzar a entender que los sobrevivientes del Armagedón final no serán muchos, y los que mayores posibilidades tendrán de sobrevivir serán los que estén más claros, y estar claros en tiempos de revelación significa sobre todo estar alineados con Jesucristo, y la batalla que deberá dar contra todas las fuerzas unidas del mal, evento en donde aún no podemos saber si seremos llamados a participar, o seremos protegidos y preservados para constituir el núcleo inicial del nuevo mundo, de la nueva era cristiana.

 

Las 4 frases de arriba también cumplen con la función de legitimar escatológicamente nuestros acercamientos a Jesús para exponer y compartir todas nuestras experiencias de dolor y sufrimiento, y así cumplir con el precepto de “Todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo”.

 

Posible oración de un futuro apocalíptico:

 

Los textos del Nuevo Testamento expresan en muchos puntos este concepto. En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol:

 

“Nos vemos atribulados en todo, mas no angustiados, en apuros, mas no desesperados, perseguidos, mas no desamparados, abatidos, mas no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.

Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a la muerte por amor a Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal... sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también como Jesús nos resucitará”

2 Corintios 4, 8-11

 

La reflexión y el crecimiento en Jesús:

 

El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre en él sus propios sufrimientos, pero desde una nueva perspectiva, los revive tamizados o a través de la fe, por lo tanto enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado iniciático. Y gracias a este nuevo significado también habló de “crecimiento” porque permite pasar del adulto convencional al adulto metafísico, espiritual, al “súper adulto” que siempre buscó el camino a Jesucristo y que al encontrarlo se vuelve inseparable, se “llena” o “empapa” de su potencia espiritual.

 

Y esto tiene que ver también con la recuperación de la dimensión vertical en nuestra existencia, cuyo eje debe estar centrado en Jesús, y más precisamente el Jesús crucificado, cuya posición también podría ser crípticamente, la de alguien que espera ser abrazado.

 

Y esta transformación a su vez se me hace comparable de cierta forma a la que San Pablo experimenta en la carta a los Gálatas:

 

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, es cristo quien más vive en mí; y esta vida presente en mi carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó por mí»

Gálatas 2, 19-20

 

Perspectiva escatológica:

 

Hay que recordar siempre que la venida de Jesucristo es el anuncio del comienzo de los tiempos finales, o tiempos escatológicos, él sólo nos dejó 2.000 años a partir de su resurrección (detalle que se olvida con facilidad a la vez que muchos desconocen que el año 2033, como fecha “tradicional” de su resurrección carece de validez arqueológica).

 

Al pasar de ser Jesús a secas a Jesús el Cristo, empezó una cuenta donde nos dejó 2.000 años para prepararnos, y “para ver si alguien lo recordará, lo reconocerá, lo “sentirá” o sabrá quién es él, cuando regrese”.

 

A la perspectiva del reino de Dios está unida la esperanza de aquella gloria, cuyo comienzo está en la cruz de Cristo. La resurrección ha revelado esta gloria -la gloria escatológica- que en la cruz de Cristo estaba completamente ofuscada por la inmensidad del sufrimiento.

 

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo están también llamados, mediante sus propios sufrimientos, a tomar parte en la gloria. Pablo expresa esto en diversos puntos.

 

Escribe a los Romanos:

 

Si somos hijos…  también somos herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos junto con él, para que junto con él también seamos glorificados.

 Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros habrá de manifestarse.

Romanos 8, 17-18

 

El significado de “padecemos junto con el” solo se puede entender si comenzamos a vivir de una manera verdaderamente cristiana y aceptamos las consecuencias que puede provocar esta decisión, en un mundo dominado por el materialismo más grosero y abyecto, donde las sociedades ya no están constituidas por personas, menos aún ciudadanos, sino que son sociedades de consumo constituidas por consumidores, usuarios y clientes, que lo miden todo en términos de “éxito” y ese éxito implica, debe implicar, la exhibición de signos y propiedades indicadoras de que se ha llegado a un nivel elevado de status social, fuera del cual todos somos perdedores o gentuza sin ninguna importancia, lo cual implica que nuestras posibilidades de tener una vida armoniosa, donde valores como el respeto, el decoro, las tradiciones, la empatía, la amabilidad, la gentileza, la solidaridad incluso la hermandad, sean valorados como positivos y fundamentales, no es que sean mínimas, es que ya no existen desde hace décadas sepultadas por una escala de parámetros técnicos, medibles, que son productividad, eficiencia, competitividad y sustentabilidad.

 

El sufrimiento como prueba

 

El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba bastante dura a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las cartas de San Pablo se nos habla con frecuencia de aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo.

 

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”.

2 Corintios 12, 9

 

En la segunda carta a Timoteo leemos: “Por esta causa sufro, pero no me avergüenzo, porque sé a quién me he confiado”.

2 Timoteo 1, 12

 

“No lo digo porque me encuentre en la indigencia, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo.

 Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto para estar saciado como para tener hambre, tanto para tener abundancia como para padecer necesidad.

 Todo lo puedo en Cristo porque que me fortalece”.

Filipenses 4, 13

 

El sufrimiento y la debilidad: puertas de entrada a la fuerza de Dios

 

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz.

 

En realidad no es posible participar en los sufrimientos de Cristo ni siquiera experimentando la más profunda tristeza y llorando “a moco suelto”, y quien afirme que así es como se siente, pues lo considero un hipócrita y además un poco bobo, porque la profundidad del dolor que Jesús tuvo que soportar se manifiesta en un escala que solo se puede obtener repitiendo el acto, y sintiendo lo que Jesús debe haber sentido, lo cual es imposible de saber, de atisbar si, pero de saber no.

 

En cambio acercarse a Cristo en la cruz, con la debida humildad, conscientes de que la escala del sufrimiento no es lo que importa, sino sentir la necesidad de aproximarse a Cristo y sufrir frente a él, entendiendo que su acto es el acto supremo de un amor sin limites porque trasciende lo humano, y que nosotros solo podemos aportar nuestra parte a un coro de siglos, del cual no sabemos cuan grande es, pero eso no debe importarnos, porque lo importante es la ofrenda de nuestro sufrimiento como manifestación de un deseo de iniciación en el recorrido hacia cristo, en el deseo de vivir realmente nuestra cristiandad como un modo de vida cuyo eje está en el cristo crucificado. 

 

Pero si al mismo tiempo en este estado extremo de debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo.

 

En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad por Cristo. En Él, Dios ha demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta expoliación.

 

En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo se pronuncia todavía más ampliamente sobre el tema de este «nacer de la fuerza en la debilidad», del vigorizarse espiritualmente del hombre en medio de las pruebas y tribulaciones, que es la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de Cristo.

 

Muy importante no confundir aquí las cualidades de vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de Cristo, con la perseverancia hueca, amoral y totalmente materialista del emprendedor liberal, muy al estilo del poema “If” de Rudyard Kipling, que es una exaltación como pocas se han visto de la virtud del individualismo, el egoísmo, la arrogancia, la presunción ilimitada y la indiferencia hacia el prójimo.

 

“Nos jactamos hasta en las tribulaciones, porque sabemos que el sufrimiento forja perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; y la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por virtud del Espíritu Santo, que nos fue dado”.

Romanos 5, 3-5

 

En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, gracias a la acción del amor de Dios.

 

Virtud que en un tiempo ya lejano era sinónimo de virilidad, la verdadera virilidad del hombre que persevera con la esperanza firme de vencer al sufrimiento, gracias al amor de Dios.

 

En el misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre creando la primera comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto: que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través de su Sacrificio —sacramentalmente mediante la Eucaristía— la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo.

 

De aquí se podría deducir que la iglesia es el continuum espiritual que Cristo dejó entre los hombres para que se reunieran en la asamblea, en la ecclesia simple de los primeros cristianos que será como la de los últimos, una vez cumplida la parábola de la historia y en particular el ciclo final que el mismo Cristo inaugura con su venida y en especial con su crucifixión.

 

En este cuerpo Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta de pablo a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo, no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que «completa» con su sufrimiento, la que falta en los padecimientos de Cristo.

 

En estos dos párrafos se termina de entender a la iglesia no como la estructura de poder para la cual nunca fue concebida, sino como cuerpo espiritual, metafísico, constituido por la comunidad de almas que rodean y sostienen a cristo, sufriendo no solo con él, sino acompañándolo en sus tribulaciones, de forma expresiva, colaborativa, complementaria.

 

En este sentido, se  transmite la impresión de la iglesia católica como una verdadera “iglesia de comunión”, cuyo poder no reside en ella misma, sino en el hecho de ser la casa donde reside el señor, el cual a pesar de su resurrección sigue crucificado y por lo tanto sigue trabajando todo el tiempo por la salvación de sus fieles, y por lo tanto la acción cristiana fundamental para un cristo que decidió seguir en la cruz, es contar con nuestra presencia, una donde se participa, se expone, se aporta nuestro sufrimiento, y así contribuimos al esfuerzo permanente de Cristo de trocar sufrimiento por fuerza y dolor y al final por vida eterna.

 

De todos modos, lo importante a nivel cotidiano es mostrar y compartir el sufrimiento, el dolor, en su presencia, rogar la aceptación de nuestro arrepentimiento sincero por nuestros pecados -el acto de contrición preámbulo necesario para el perdón- y rogar también que se haga su voluntad entregando nuestro destino por completo a esa voluntad, tal como lo hizo Cristo justamente en el momento de su máximo sufrimiento y sacrificio.

 

Solo así podemos superar el estado infantil-juvenil de estafa, burla, soledad y abandono, en el cual podemos caer, cuando solo nos limitamos al acto mágico de pedirle a Cristo lo que necesitamos o deseamos, en la esperanza de que por una gracia especial hacia nosotros, él nos satisfaga.

 

En este marco evangélico se pone de relieve, de modo particular, la verdad sobre el “carácter creador” del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor, a todo sufrimiento del hombre.

 

No puede añadir nada, pero nada impide el complemento que aporta nuestro sufrimiento en cuanto a acto de comunión y por lo tanto de confirmación de nuestra iniciación a una vida cristiana que, en caso de nuclearse en comunidad, podría construir una verdadera iglesia.

 

Al permitir que el hombre se convierta en partícipe de los sufrimientos de Cristo, en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia, en esa misma medida cada hombre a su manera, completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo puede obrar la redención del mundo.

 

La redención sin fin, como necesidad

 

¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano.

 

Significa que estamos en presencia de una receptividad generosa e inagotable, característica de un amor de dimensiones universales, que fue capaz en virtud de su naturaleza verdaderamente divina, de lograr el máximo triunfo posible en el universo: el triunfo sobre la muerte.

 

En esta dimensión —en la dimensión del amor— la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano.

 

Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo, el hecho de que haya de ser completado sin cesar.

 

De hecho, mientras permanecemos como hombres nos encontramos sometidos a la dimensión temporal, que lo cambia todo a partir de las diversas circunstancias de nuestra vida, por lo tanto, mientras dejamos al tiempo actuar, siempre seremos seres de algún modo cambiantes, imperfectos, pecadores y por lo tantos necesitados de redención continua, permanente.

 

Superada la muerte y por lo tanto superado la influencia que el tiempo impone sobre nosotros, todo cambia.

 

La iglesia católica, los restos mortales que quedaron en Roma

 

Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. Con esto se pone de relieve la naturaleza divino-humana de la Iglesia. El sufrimiento parece participar en cierto modo de las características de esta naturaleza. Por eso, tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo.

 

El autor de este ensayo es un católico apostólico errante, esto significa que estoy recién reconciliado con un catolicismo puramente humano, pero divorciado de todo aquello a lo cual se le sigue denominando “iglesia católica”, en tal sentido, la considero una institución totalmente invadida por fuerzas luciferinas, desde mucho antes de que los “sedevacantistas” se llenen la boca afirmando que el último Papa fue Pio XII.

 

En este sentido me atengo totalmente a la “Profecía de Ratzinger” de 1968, la cual describí en mi video titulado “Giorgio Agamben: La misteriosa renuncia escatológica de Ratzinger” (reservado solo a los colaboradores de mi canal en Patreon y Ko-fi).

 

La profecía de Ratzinger no es un decir, no es lenguaje figurado, es realmente una profecía y es escatológica en cuanto habla de un final de los tiempos inevitable, inexorable que dejará paso a una nueva iglesia, NUEVA, con menos adeptos y centrada en lo espiritual, y él mismo lo afirma claramente:

 

“La Iglesia se hará pequeña, y tendrá que empezar todo desde el principio”

Joseph Ratzinger, 1968

 

Señores esa iglesia no tendrá nada que ver con la actual iglesia católica que se encuentra amurallada en el vaticano, ejerciendo funciones de ONG globalista al servicio de la agenda 2030 de la ONU, o promoviendo con entusiasmo hamponil un engaño mortal, de genocidio seguro, llamado “Capitalismo Inclusivo”, un engendro dictado desde afuera por banqueros empapados de sangre como los Rothschild (los verdaderos padres del sionismo), y otros delincuentes del inframundo de las finanzas.

 

Volviendo a la profecía, esta fue extraída de una conferencia radiofónica de 1968 que llevaba por título ¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?, en ella, el joven teólogo, mucho antes de ser nombrado obispo, afirmaba con contundencia, que la Iglesia del futuro tendría que olvidarse de los aspectos políticos para centrarse en lo espiritual…

 

Para el teólogo alemán, no había duda de que la crisis desatada no solo por el Concilio Vaticano II, porque la crisis comenzó antes, impulsada por las intentonas reformistas de los teólogos más críticos (entre los que figuraba el propio Ratzinger unos años antes), esa crisis, que ya había madurado, acabaría retrayendo a la institución hasta sus orígenes, hasta origines poco más que catacumbales:

 

Y me voy con la cita completa de la profecía:

 

·       “La Iglesia se hará pequeña, y tendrá que empezar todo desde el principio.

 

·       Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad.

 

·       Ratzinger apostaba, incluso, por una Iglesia con “nuevas formas ministeriales”, que “ordenará sacerdotes a cristianos probados que sigan ejerciendo su profesión”, algo que será habitual en las comunidades pequeñas y los grupos sociales homogéneos.

 

·       Una Iglesia centrada en lo espiritual, “que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha”.

 

EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

 

Los testigos de la cruz y de la resurrección de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico “Evangelio del Sufrimiento”. El mismo Redentor ha escrito este Evangelio ante todo con el propio sufrimiento asumido por amor, para que el hombre «en vez de morir, tenga vida eterna».

 

“Porque Dios ama tanto al mundo, que nos dio su hijo Unigénito, de forma que todos los que crean en él en vez de morir, tengan vida eterna”.

Juan 3, 16

 

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.

Lucas 9, 23

 

Aquí el “negarse a si mismo” significa la renuncia al yo, a cualquier llenura de sí mismo.

 

y a sus discípulos ponía unas exigencias de naturaleza moral, cuya realización es posible sólo a condición de que “entren por la puerta estrecha”:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Mateo 7, 13-14

 

Múltiples persecuciones se verificaron no sólo en los primeros siglos de vida de la Iglesia bajo el imperio romano, sino que se realizaron en diversos períodos de la historia, y en diferentes lugares de la tierra, aun en nuestros días.

 

Un Evangelio Colectivo

 

“En el Evangelio está contenida una fundamental paradoja: para encontrar la vida, hay que perder la vida, para nacer, hay que morir, para salvarse, hay que cargar con la Cruz. Ésta es la verdad esencial del Evangelio, que siempre y en todas partes chocará con la protesta del hombre”.

San Juan Pablo II

 

Si el primer gran capítulo del Evangelio del sufrimiento está escrito, a lo largo de las generaciones, por aquellos que sufrieron persecuciones por Cristo, igualmente se desarrolla a través de la historia otro gran capítulo de este Evangelio. Lo escriben todos los días los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador.

 

En ellos se realiza lo que los primeros testigos de la pasión y resurrección han dicho y escrito sobre la participación en los sufrimientos de Cristo. Por consiguiente, en ellos se cumple el Evangelio del sufrimiento y, a la vez, cada uno de ellos continúa en cierto modo a escribirlo; lo escribe y lo proclama al mundo, lo anuncia en su ambiente y a los hombres contemporáneos.


A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc.

 

Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de su vocación.

 

El hombre nuevo, que luego de la muerte de su yo, empieza su iniciación cristiana, su recorrido estrecho y sufrido, pero ascendente, hacia la comunión con Cristo.

 

Este descubrimiento es una confirmación particular de la grandeza espiritual que en el hombre supera al cuerpo de modo un tanto incomprensible. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los hombres sanos y normales.

 

El sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna.

 

Cristo con su sufrimiento en la cruz ha tocado las raíces mismas del mal: las del pecado y las de la muerte.

 

Ha vencido al artífice del mal, que es Satanás, y su rebelión permanente contra el Creador.

 

Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento.

 

En efecto, el sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador.

 

Es notable para mí, el particular cuidado que Cristo pone en el hombre que sufre como si lo sintiese particularmente cercano, como si fuese en cierta forma un hermano, o un aliado de la redención como proceso continuo, que no termina.

 

“El hombre que no se sufre, apenas existe…”

Antonio Porchia

 

No basta. El divino Redentor quiere penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y vértice de todos los redimidos. Como continuación de la maternidad que por obra del Espíritu Santo le había dado la vida, Cristo moribundo confirió a la siempre Virgen María una nueva maternidad —espiritual y universal— hacia todos los hombres, a fin de que cada uno, en la peregrinación de la fe, quedara, junto con María, estrechamente unido a Él hasta la cruz, y cada sufrimiento, regenerado con la fuerza de esta cruz, se convirtiera, desde la debilidad del hombre, en fuerza de Dios.

 

Dios, perdí a una madre, sin que ésta tuviese que morir, simple pero dolorosamente la aparté de mi vida, ahora entiendo cómo es que puedo sustituirla, con una que no solo sabe de mi dolor profundo, sin solución terrena, sino que al estar sufriendo por su hijo, al pie de la cruz, sabe también cómo hacer que la fuerza de Dios brote del sufrimiento humano.  

 

Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. A menudo comienza y se instaura con dificultad. El punto mismo de partida es ya diverso; diversa es la disposición, que el hombre lleva en su sufrimiento.

 

Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del «por qué». Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano.

 

Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre Él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz, desde el centro de su propio sufrimiento.

 

Sin embargo, a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo.

 

Muy importante este pasaje donde se obtiene la única respuesta posible a cómo Cristo ha de responder sobre el porqué y el sentido del sufrimiento. Como dice el pasaje no hay respuesta directa ni en abstracto, porque la dirección desde la cual ha de provenir la respuesta implica un proceso previo de conversión, interior, un proceso de iniciación, por eso al principio se menciona la posibilidad de que pase “mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible”, porque nos encontramos ante la obligación de emprender un recorrido especial, que podría llamarse de sufrimiento dirigido, u orientado, por quien usa ese mismo sufrimiento para salvarte, a ti y a toda la humanidad (si la misma humanidad lo quisiese), solo que aquí comienza el misterio, y debe comenzar nuestra humildad.

 

La respuesta que llega mediante esta participación, a lo largo del camino del encuentro interior con el Maestro, es a su vez algo más que una mera respuesta abstracta a la pregunta acerca del significado del sufrimiento. Esta es, en efecto, ante todo una llamada. Es una vocación.

 

Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: «Sígueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento.

 

El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.

 

Lo importante aquí, es que “la vocación” del primer pasaje se expresa como una toma de responsabilidad individual: “toma tu cruz”, aprende que deberás cargar una, y con el tiempo aprenderás a sufrir con ella, y al hacerlo te acercarás aunque sea lejanamente, humanamente, al nivel de sufrimiento de cristo, e ipso facto habrás obtenido tu respuesta personal, una donde tu sufrimiento no impedirá tu paz interior y con el tiempo más bien la aumentará, hasta el punto que te sentirás alegre de haber alcanzado finalmente la elevación vertical, la dimensión vertical, espiritual.

 

De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros» [Colosenses 1, 24]. Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre por dentro, sino que parece convertirlo en una carga para los demás.

 

El hombre se siente condenado a recibir ayuda y asistencia por parte de los demás y, a la vez, se considera a sí mismo inútil. El descubrimiento del sentido salvífico del sufrimiento en unión con Cristo transforma esta sensación deprimente.

 

La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espiritual (vertical) de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas.

 

Sin duda adquirir el sentido de la inutilidad del sufrimiento debe ser un inmejorable sentimiento de alegría, si se logra en algún momento del recorrido y también sin duda alguna, de entrada se puede reconocer que muchos sufrimientos no aportan nada a la solución de ningún problema, pero eliminarlos a todos nunca es tarea fácil ni rápida.

 

En cuanto a la condena a recibir ayuda por primera vez difiero ampliamente porque esta circunstancia no siempre deriva de una elección personal, aunque esta no pierda de poder a lo largo del proceso, en otras palabras, elegimos pedir ayuda al sistema pero también podríamos cambiar de opinión, he aquí la diferencia que impide hacernos caer en la sensación de la inutilidad, de la inutilidad irreal (la real en cambio es inevitable por inoculación de una perversidad inamovible en el sistema) y he aquí la superación de la sensación deprimente, una vez que se logra redimensionar el sufrimiento, al descubrir su sentido salvífico y de colaboración a la obra permanente de Cristo.

 

En la lucha «cósmica» entra las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios [89], los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas.

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

[89] Efesios 6, 12.

 

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren, como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural.

 

Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana.

 

Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás.

 

Siguiendo la parábola evangélica, se podría decir que el sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano, también está presente para irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio «yo» en favor de los demás hombres, de los hombres que sufren.

 

Podría decirse que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento. No puede el hombre «prójimo» pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo.

 

Debe «pararse», «conmoverse», actuando como el Samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente Cristiana, pero a la vez tan universalmente humana. No sin razón, aun en el lenguaje habitual se llama obra «de buen samaritano» toda actividad en favor de los hombres que sufren y de todos los necesitados de ayuda.

 

Se podría afirmar que el sufrimiento es la puerta de prueba para el alma humana, si por allí no sale ni el más tímido soplo de amor, es muy difícil que quede algo rescatable en el alma de ese ser hueco, al cual se le podría llamar de una vez, un infeliz.

 

Infeliz, porque está destinado al sufrimiento, el día que la justicia divina comience a actuar sobre él, y para eso no hace falta que muera, basta que se muestre incapaz de percibir la belleza y la ternura de la creación, y siga de largo ante el espectáculo que dios todos los días nos ofrece en forma gratis, para que al menos un rayito de sol y esperanza llegue hasta nuestro corazón…

 

Esto es todo lo que me basta para entender la magnitud de desgracia que afecta al escaso de corazón, de hecho, la justicia divina nunca deja de actuar y esto se nota en la forma como paraliza y atrofia al corazón de ciertas personas, en todo momento, la cual constituye la máxima forma de verdadero empobrecimiento al que se puede someter una persona, sin importar la colección de atuendos y bienes inútiles que logre acumular como un niño solitario, sin verdaderos amigos en el mundo.

 

 En serio: ¿no da lástima un espectáculo de deficiencia humana tan bochornoso?

 

CONCLUSIONES

 

Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él, el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

 

Es menester pues que a la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo. Acudan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el «Redentor del hombre», el Varón de los dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas.

 

Y os pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, con vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo.

 

El sentido de este párrafo es estremecedor porque expone la plena conciencia de su santidad sobre los tiempos escatológicos por venir, donde justamente los más débiles, o sea los perdedores de la sociedad de consumo, sean los que más aporten “en unión con la cruz de cristo”, precisamente por ser los que verdaderamente sufren, los auténticos, los excluidos, los desechos de la acción luciferina liberal en todas las sociedades y comunidades del mundo.

 

¡OH, Dios mío! ¿Cuántos años desperdiciados en mi ateísmo ciego y banalísimo de “verdad científica” que desconoce integralmente a todos y cada uno de los verdaderos misterios del universo! ¡Prometo compensar este abuso de estupidez! Redoblando mi esfuerzo por construir un verdadero canal de comunicación para ideas como estas, indispensables en los tiempos bipartitos.

 

¡A todos, queridos hermanos y hermanas, os envío mi Bendición Apostólica!

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, el día 11 de febrero del año 1984, sexto de mi Pontificado.

 

EPÍLOGO

 

La dualidad de la naturaleza del sufrimiento redentor, a ser asumido por un único sujeto personal, plantea la posibilidad de dos tipos de sufrimiento manifestándose al mismo momento, las dimensiones humanas del sufrimiento de Cristo son únicas en la historia porque el sujeto que debió sufrirlas, le proporcionó una profundidad metafísica a ese sufrimiento y lo puso fuera del alcance del hombre, pero reflexionemos también en que no necesariamente ocurrió lo mismo con la intensidad física de este sufrimiento: el Cristo hombre sobrevive a la crucifixión por horas, no muere en el momento, y el milagro redentor por excelencia tarda 3 días, un lapso misterioso sobre el cual no podemos aventurarnos.

 

¿Con esto que quiero decir? Que aún en el momento de máxima agonía Cristo no dejó de ser un hombre como nosotros, que no podía atenuar ni distraer su dolor con alguna “capacidad sobrenatural”, cuando Cristo sufre lo hace exactamente igual que nosotros y el dolor es el mismo, y el sufrimiento también.

 

Por lo tanto el hombre que se acerque a Cristo a mostrar su propio dolor, puede hacerlo sin necesidad alguna de “traducción”, sin tener que someterse a rito especial alguno, sin preparación de ningún tipo, y puede hacerlo sobre todo sin avergonzarse aun tratándose de un sufrimiento de intensidad incomparable.

 

Aquí lo que vale es el sentimiento afectuoso, cariñoso y devoto de querer acercarnos a nuestro señor Jesucristo para llevarle nuestros dolores, y mostrar también nuestro sufrimiento de persona común, incluso haciendo oír nuestro llanto, como una muestra de cercanía, calidez, y AMOR en el sufrimiento, en el dolor, sobre todo sabiendo que no son distintos, y cualquiera ¡hasta el hijo de Dios! Los puede sentir igualmente.

 

Lo otro es la misión que pudiese derivar de estos encuentros “del sufrimiento entre hermanos”, donde por un lado encontramos consuelo al no sentirnos solos, si no acompañados nada más y nada menos, que por nuestro salvador invencible, sino transmitir si es posible la experiencia a otros, para disminuir la soledad y contribuir mínimamente a la unión de un rebaño más desprotegido que nunca, en esta época escatológica, “bipartita” (Ticonio-Ratzinger) de revelación del mal, de demonios desatados y en fiesta de hybris.

 

Por último quisiera aclarar que una de las cosas que más me satisface, de esta nueva forma de ir al encuentro con mi señor Jesucristo, es que me permite superar en forma digna la condición pedigüeña del rezo, con la cual nunca he simpatizado, y en la que siempre he visto magia, magia de la buena donde “serás bueno para salir premiado”, en este muy discutible método que lamentablemente ha ganado adeptos aplicando un precepto del falso cristianismo yanqui, el cual afirma “que a Dios le gusta que le pidan, porque le gusta que le tengan confianza”…

 

Hoy en día sé, como católico “avanzado” en mi aislamiento rumbo el rebaño más pequeño que pueda encontrar, que lo importante es el arrepentimiento, la confesión y la comunión para obtener protección garantizada contra el mal desatado de estos tiempos, y a la hora de la oración rogar la aceptación de nuestro arrepentimiento sincero, pedir perdón por los pecados, que inevitablemente se acumulan, y pedir firmemente casi como una orden, lo único que debe hacerse con fuerza y hasta urgencia: que se haga tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo, lo cual incluye entregar tu destino completamente a esa voluntad.

 

Todo lo demás, lo he eliminado de mis acercamientos espirituales a Cristo y esto me permite sentirme mejor, más cercano a él, menos egoísta y más humilde, y de esta forma fue como pude “inaugurar” una nueva forma de comunicación, basada en algún tipo de reflexión o meditación sobre la cual, iré desarrollando alguna forma que me satisfaga como “católico errante”.

 

NOTA: todo lo expuesto en ningún momento equivale a renuncia alguna por el trabajo duro y constante y la brega diaria por la supervivencia del hogar, por alguna mejora en las condiciones de vida, o para enfilar algún día si así lo decidimos, hacia nuevos horizontes, menos desérticos en cuanto a población humana, en todo caso, ¡HÁGASE TU VOLUNTAD!

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