El Sufrimiento según Benedicto XVI: el Ser Cristiano “pase lo que pase”
El Sufrimiento según Benedicto XVI:
el Ser Cristiano “pase lo que pase”
Hoy, me voy a dedicar a leer y reflexionar sobre otra
encíclica papal que trata sobre el tema del sufrimiento, como ya hice con una
Carta Apostólica de San Juan Pablo II, pero esta vez, le toca el turno a
Benedicto XVI.
La encíclica se titula “Spe Salvi” y significa “Salvados por
la Esperanza” y es la segunda encíclica del Papa Benedicto XVI, publicada el 30
de noviembre de 2007, fiesta del Apóstol San Andrés.
Esta encíclica está dividida en 50 textos breves organizados
en ocho capítulos generales, todos salidos íntegramente de su puño y letra.
A lo largo de estos 50 textos, el Sumo Pontífice explica qué
es la "esperanza cristiana" y cómo esta nos puede salvar. Una
esperanza que no debe ser individualista, sino comunitaria, porque la vida
cristiana debe ser vida en comunidad porque debe derivar directamente de la
comunión con Jesús y, a través de Él, con todos los Hermanos.
En el séptimo capítulo "Lugares de aprendizaje y
ejercicio de la esperanza" se muestran los caminos para alimentar la
esperanza cristiana, y uno de esos lugares nos describe “El actuar y el sufrir
como lugares de aprendizaje de la esperanza”.
En ese capítulo Benedicto afirma que el sufrimiento, es consecuencia
de nuestra finitud y de los pecados acumulados en nuestra vida y en la historia,
es algo contra el cual podemos luchar, pero que no podemos eliminar, porque
sólo Dios tiene este poder, porque con la fe en Él «ha surgido en la historia
la esperanza de sanar al mundo. Aunque aún es solo una cuestión de esperanza y
no de realización". Sin embargo, si en lugar de aceptar el sufrimiento,
escapamos de él, acabamos cayendo en la vida vacía, en la que sentiremos la
falta de sentido.
Mas bien nuestra humanidad, se engrandece en la medida que
el sufrimiento no se combate, sino que se comparte. No en el confort de las
comodidades, sino en la "Consolazio", es decir, literalmente compartiendo
la soledad, buscando la estrella de la esperanza…
De esta encíclica, voy a tomar cuatro textos, del 36 al 40,
para leerlos en traducción libre y tambien para reflexionar y comentar sobre
ellos, una reflexión que desde luego solo puede ser personal en su visión y
expresión, y sin embargo, encuentro que al compartirla con mis amigos y
seguidores, precisamente comparto mi soledad y entro en comunión, mediante
Cristo, con todos ustedes, pidiendo desde ya perdón, por esta incursión no
solicitada.
Nota: mis comentarios los escribiré en letra cursiva.
TEXTO 36
Al igual que el obrar, también el sufrimiento forma parte de
la existencia humana. Éste se deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por
otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas a lo largo de la historia, y que
crece de modo incesante también en el presente. Conviene ciertamente hacer todo
lo posible para disminuir el sufrimiento; impedir cuanto se pueda el
sufrimiento de los inocentes; aliviar los dolores y ayudar a superar las
dolencias psíquicas. Todos estos son deberes tanto de la justicia como del amor
y forman parte de las exigencias fundamentales de la existencia cristiana y de
toda vida realmente humana. En la lucha contra el dolor físico se han hecho
grandes progresos, aunque en las últimas décadas ha aumentado el sufrimiento de
los inocentes y también las dolencias psíquicas.
En este texto Su Santidad ubica de la forma más
monumental posible al sufrimiento, al enmarcarlo dentro de una acumulación
colectiva histórica, antes que limitarlo a un padecimiento individual y
solitario, y la verdad es que no me queda otra cosa sino sentir asombro ante
esta explicación del Santo Padre que de entrada apunta hacia “los males del
mundo”.
Y el asombro es por el acierto porque al fin y al cabo ¿de
dónde viene nuestro sufrir sino de una ruptura “cósmica” donde el mundo, lejos
de ser la sede de la paz, la hermandad y la alegría como debería ser, en cambio
y gracias a la acción colectiva del género humano se ha convertido cada vez más
en “el valle de lágrimas”? frente al cual no podemos resolver nada desde lo
individual, además porque nuestra finitud tambien se relaciona con nuestras
carencias como cristianos.
Y la dimensión del fenómeno ha aumentado tanto en las
últimas décadas que ya ni la inocencia puede salvarnos del sufrir, ni nos puede
distanciar de lo que es un mal que ya se ha difundido hasta impregnarnos en lo
interno, generando dolencias psíquicas, que no pueden sino realimentar al mal y
expandirlo más allá de la culpa, hasta afectar injustamente al inocente: culpa
sobre culpa, y por tanto dolor sobre dolor: la acumulación histórica que no
cesa de aumentar.
Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el
sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos,
simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque
ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa, que –lo
vemos– es una fuente continua de sufrimiento. Esto sólo podría hacerlo Dios: y
sólo un Dios que, haciéndose hombre, entrase personalmente en la historia y
sufriese en ella. Nosotros sabemos que este Dios existe y que, por tanto, este
poder que « quita el pecado del mundo » (Jn 1,29) está presente en el mundo.
Con la fe en la existencia de este poder ha surgido en la historia la esperanza
de la salvación del mundo. Pero se trata precisamente de esperanza y no aún de
cumplimiento; esperanza que nos da el valor para ponernos de la parte del bien
aun cuando parece que ya no hay esperanza, y conscientes además de que, viendo
el desarrollo de la historia tal como se manifiesta externamente, el poder de
la culpa permanece como una presencia terrible, incluso para el futuro.
Solo Dios puede acabar con el sufrimiento, que insisto en
llamarlo mal del mundo porque es obvio que sobra y estorba, pero esto solo lo
pudo lograr Dios, porque al convertirse en hombre, y presentarse ante el mundo,
pudo entender como hombre lo que sufren los hombres, y entender tambien que
quitar el pecado del mundo, era una proeza que estaba a su alcance si se
sacrificaba frente a los hombres, pasando por una inmersión en los sufrimientos
más profundos: el del inocente puro, el de sustituir al cordero, el de pasar
por la muerte y el inferno, proeza tras proeza culminando en su vuelta a la
vida, todo para dejarnos un tesoro, donde ÉL mismo nos muestra que es capaz de
lograr el máximo triunfo posible en el universo: el triunfo sobre la muerte.
Por lo tanto, la esperanza es un tesoro máximo que debería
inculcarnos paz y alegría al saber que es una certeza, una “posible” porque
depende de nosotros, pero es una certeza, y sin embargo, seguimos sufriendo y
seguiremos sufriendo porque soltamos la esperanza a la primera oportunidad, o
la irrespetamos al volverla intermitente en los vaivenes de nuestra “suerte”,
justamente lo que nunca deberíamos hacer hasta el final de nuestros días, pase
lo que pase.
De hecho “pase lo que pase” debería ser la frase inseparable
que deberíamos pronunciar cada vez que nos declaramos cristianos “pase lo que
pase”, como demostración de fe y esperanza inagotables.
TEXTO 37
Volvamos a nuestro tema. Podemos tratar de limitar el
sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando
los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que
podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de
la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no
existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de
la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el
sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación,
madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo,
que ha sufrido con amor infinito.
Aquí Su Santidad posiblemente finja no saber que el
hombre de la modernidad vive en una sociedad, donde intercambiar su identidad
con posesiones materiales, es indispensable para mantenerse integrado y poder
mostrar sus triunfos, ninguno de los cuales están en él, están en muchas
partes, comenzando por su banco, pero no están en él.
¿Y qué es lo queda en esa persona? Pues queda una
seguridad, la de que nada garantiza la felicidad menos aun la seguridad
material, que cobra a caro precio su servicio, con la moneda en devaluación
interminable del vacío interior y la soledad existencial, ambos productos que
generosamente reciben todos los que abandonan su humanidad, hasta culminar en
la no existencia de emocionarse sin sentir, signo de haber alcanzado el sin
sentido, signo de conversión en un objeto más de una colección privada, la suya
o la de alguien más…
En este contexto, quisiera citar algunas frases de una carta
del mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin († 1857) en las que resalta esta
transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza que proviene
de la fe. « Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar
las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en
el amor de Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia
(cf. Sal 136 [135]). Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles
suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay
que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas,
actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y
tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de
fuego, está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en
dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos tormentos, que espantarían
a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no
estoy solo, sino que Cristo está conmigo[...].
Señores Cristo vive y está presente en muchos lugares y
hogares, pero siempre sin bajar de la cruz, pues el decidió permanecer
crucificado ante nosotros, como afrenta permanente que ÉL le propina a los
males del mundo y al maligno, y de paso nos enseña de la forma más explícita posible,
que la comunicación que nos pide, es la comunión con ÉL en el sufrimiento, compartir
sufrimientos, los de ÉL con los nuestros, hasta que ocurra la transmutación del
dolor a la alegría de la presencia permanente del señor en nuestra vida, acompañándonos con luz, seguridad
y dulzura, hasta alcanzar la vida viva para siempre.
¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los
emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor,
que te sientas sobre los querubines y serafines? (cf. Sal 80,2). ¡Mira, tu cruz
es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto,
prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor.
Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se
manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles [...]. Queridos
hermanos al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias
incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor,
porque es eterna su misericordia [...]. Os escribo todo esto para que se unan
vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de
Dios, esperanza viva de mi corazón...
Ésta es una carta escrita «desde el infierno». En ella se
expresa todo el horror de un campo de concentración en el cual, a los tormentos
por parte de los tiranos, se añade el desencadenarse del mal en las víctimas
mismas que, de este modo, se convierten incluso en nuevos instrumentos de la
crueldad de los torturadores. Es una carta desde el « infierno », pero en ella
se hace realidad la exclamación del Salmo: « Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro... Si digo: ‘‘Que al menos la
tiniebla me encubra ...'', ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara
como el día » (Sal 139 [138] 8-12; cf. Sal 23[22], 4).
Cristo ha descendido al « infierno » y así está cerca de
quien ha sido arrojado allí, transformando por medio de Él las tinieblas en
luz. El sufrimiento y los tormentos son terribles y casi insoportables. Sin
embargo, ha surgido la estrella de la esperanza, el ancla del corazón llega
hasta el trono de Dios. No se desata el mal en el hombre, sino que vence la
luz: el sufrimiento –sin dejar de ser sufrimiento– se convierte a pesar de todo
en canto de alabanza.
Magnifico párrafo, épico, emocionante, conmovedor donde
lo que visualizo es a nuestro Jesucristo como verdadero “superhéroe”, siempre
luminoso, invencible, presente siempre donde más hace falta, y aquí la
reflexión obligatoria es que si fuésemos verdaderos cristianos, veríamos a Cristo
en todo momento, en cada lugar, en hermanos que sufren tanto o más que
nosotros, y sería imposible no solo el sentirnos solos, sino el sentirnos abandonados
a nuestra propia suerte, y aunque Cristo no pueda ayudarnos “en el acto”, nos
asegura el “pase lo que pase”, lo que significa, que por más mal que nos vaya,
lo que ÉL hizo en la tierra, fue asegurar nuestra salvación y nuestro destino
en el goce eterno de la presencia de Dios, por lo tanto, y como San Pablo, y
como San Francisco, hasta deberíamos alegrarnos al entender que nuestra “mala
suerte” es sufrimiento que al compartirlo con Cristo, nos acerca cada vez más a
él, y ¿acaso hay algo que nos debería alegrar más que este privilegio? ¿sin parangón
con nada en la tierra y en el universo?
TEXTO 38
La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente
por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto
para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a
los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el
sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una
sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que
sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de
hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no
logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de
purificación y maduración, un camino de esperanza.
En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de
alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero
precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el
cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la
luz del amor. La palabra latina consolatio, consolación, lo expresa de manera
muy bella, sugiriendo un « ser-con » en la soledad, que entonces ya no es
soledad.
Pero también la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor
del bien, la verdad y la justicia, es constitutiva de la grandeza de la
humanidad porque, en definitiva, cuando mi bienestar, mi seguridad, es más
importante que la verdad y la justicia, entonces prevalece el dominio del más
fuerte; entonces reinan la violencia y la mentira. La verdad y la justicia han
de estar por encima de mi comodidad y mi seguridad física, de otro modo mi
propia vida se convierte en mentira. Y también el « sí » al amor es fuente de
sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las
cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta
renuncia también dolorosa para uno, porque de otro modo se convierte en puro
egoísmo y, con ello, se anula a sí mismo como amor.
Señores, la claridad absoluta y total de este texto
debería ahorrarme cualquier reflexión adicional, más bien corro el riesgo de
banalizarlo, pero antes que nada pido se me permita admirar sin tapujos a
Benedicto XVI cuando logra componer piezas semejantes, con una frecuencia
asombrosa.
El que sufre en la sociedad de hoy es antes que nada “un
perdedor”, un indeseable que “echa a perder el ambiente, el festejo, la
reunión, el paisaje”, mi “merecida felicidad”, el que sufre es probablemente un
inútil, un cobarde, un desconsiderado ante la actitud impecable, desafiante, seductora
que exige una sociedad opulenta, donde la exhibición altiva lo es todo.
Lo que dice su Santidad acerca de una “sociedad (que) no
puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia” es tan cierto que
solo faltó emitir la sentencia obvia: ya no vivimos en una sociedad, vivimos en
una población de individuos cuyo único sentido emana de lo material o de “la
apariencia”, y por lo tanto el sentido profundamente sagrado del dolor en
cuanto a “camino de purificación y maduración, un camino de esperanza” se
pierde en el sentido personal, y el no compartir el dolor, asumiendo el de
otros, eliminando la soledad y traspasándola con luz, deja fuera a la hermandad
(el sentimiento más difícil), a la humanidad, y por lo tanto la comunidad,
tambien desaparece.
El resto del texto es la descripción darwiniana, en
realidad liberal, de la sociedad en competencia, en guerra encubierta pero
guerra al fin, porque en ella todos sabemos que “se vale todo”, sobre todo si
astutamente se conjuga la mentira y la violencia, para determinar al más
fuerte, al vencedor.
Y por último lo más sublime, el amor verdadero que exige
renuncias y supera cualquier sufrimiento, que más bien se multiplica en el
dolor, por ser la chispa inicial del parto divino, siempre divino incluso entre
los humanos, el dolor siempre compañero del verdadero acto creador, del
verdadero acto generoso, donde la entrega vence al egoísta que pierde en la
medida de que cree estar ganando, engañado por una llenura de sí mismo que le
impide ver el desierto de soledad, en el cual está precipitando.
Recordemos que los dolores del parto son bastante
intensos, pero la mujer los soporta bien, porque tienen un sentido, porque al
final le aguarda un milagro…
TEXTO 39
Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la
verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en
una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya
pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos
capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me
convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como
para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que
justifique el don de mí mismo?
En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene
precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más
profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su
humanidad. La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son
simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha
enseñado que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha querido sufrir por
nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Dios es impasible, pero no
indiferente (en latín en el original, ndr), Dios no puede padecer, pero
puede compadecer.
El hombre
tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder
compadecer ÉL mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como
nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha
entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada
sufrimiento la “consolatio”, el consuelo del amor participado de Dios y así
aparece la estrella de la esperanza. Ciertamente, en nuestras penas y pruebas
menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas: una
visita afable, la cura de las heridas internas y externas, la solución positiva
de una crisis, etc. También estos tipos de esperanza pueden ser suficientes en
las pruebas más o menos pequeñas.
Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales
tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a
la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza
de la que hemos hablado. Por eso necesitamos también testigos, mártires, que se
han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los
necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el
bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida.
Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un
criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de sufrir depende del tipo y
de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro y sobre la que nos basamos.
Los santos pudieron recorrer el gran camino del ser hombre del mismo modo en
que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaban repletos de la gran
esperanza.
Su Santidad, en este mundo donde impera la mentira, tanto
que se habla del “imperio de la mentira”, la verdad es subversión, rumbo a
convertirse en un delito, y pedir justicia (hace tiempo convertida en acto
simbólico) va por el mismo camino, por lo tanto hoy más que nunca el “sufrir
por amor de la verdad y de la justicia sufrir a causa del amor y con el fin de
convertirse en una persona que ama realmente” es un drama que solo afecta a los
inadaptados, más bien de los que desobedecen a la tiranía de las reglas de una
sociedad donde la indiferencia, es un síntoma tranquilizante de normalidad: la
paz no está amenazada.
Su Santidad además completa el drama cuando en las “pruebas
verdaderamente graves” iguala la verdad a un acto de renuncia “al bienestar, a
la carrera, a la posesión”, estamos hablando de entrega total al amor, y por
tanto de entrega total a “la gran esperanza”.
Pero con la entrega total estamos entrando entonces en la
dimensión del sacrificio, y al entrar en el ámbito del sacrificio, nos iniciamos
en el ascenso de nuestra persona por los grados de la comunión en el
sufrimiento, recorrido que culminará en la comunión con Cristo, del “hombre que
existe”, que “es” pero lo es al modo de Cristo, donde la elección entre
“entrega” y “posesión” es una crisálida ya vacía, porque de ella salimos
directamente a la dimensión de la santidad, posible en el hombre posible: en el
hombre que existe realmente gracias al hecho de que “verdad, justicia y amor no
son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad”, y esto es así
porque de hecho constituyen la plenitud inamovible de la “gran esperanza”, la
del hombre posible que “impasible pero no indiferente” es capaz de enfrentar
calamidades crecientes hasta la muerte, y seguir ascendiendo en la comunión.
Recuerden siempre que “el hombre que no se sufre, apenas
existe…” Antonio Porchia.
TEXTO 40
Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los
acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder
«ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez
como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, era parte de una
forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy
tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y
quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de
algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir
«ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas
dificultades en el gran compadecer de Cristo, que así entraban a formar parte
de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta
manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un
sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás
debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva
sensata también para nosotros.
Esta propuesta de Benedicto XVI es tan sensata que
considero que hasta podría ser terapéutica en muchos casos, y un doble alivio
para la humanidad, el alivio del que le encuentra sentido a sus padeceres
cotidianos, al convertirlos en ofrenda a Cristo, al Cristo de la compasión, y
alivio para el obligado a vivir con alguien, que ha dejado de ser el quejoso o
el lastimero que antes le enturbiaba todas las jornadas.
Bueno Amigos, es todo por los momentos, y me despido con
una extracto de mis plegarias diarias:
Vuelve,
Señor, tus ojos hacia tu siervo
Inclina
hasta mí tu oído
Sé
tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme
Pon
luz en mi corazón, muéstrame el camino y sálvame, por tu misericordia
Padre,
ten piedad y en tus manos encomiendo mi espíritu
En
tus manos te encomiendo mi destino.
Federico
Boccanera
Carta Encíclica completa:

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